Parecen
una ironía los dichos de Jorge Sapag sobre que en Neuquén hubo un “Golpe institucional”, y de ahí pasar a
elogiar a la Policía "el trabajo
profesional por defender las instituciones democráticas". Realmente es
irónico (como triste) leer esas declaraciones cuando en la realidad pasó todo
lo contrario.
En
Neuquén, la semana pasada se trató el acuerdo que YPF-Chevron para que la
empresa multinacional empiece a explotar nuestro petróleo. Es más que obvio que
hay organizaciones políticas, ambientales y mismos ciudadanos comunes que
rechazan el acuerdo, que no quieren entregar el ambiente y nuestros recursos
naturales a empresas, y que se iban a manifestar. Como pasa en todo debate
conflictivo en la Argentina, siempre hay movilizaciones a favor como en contra.
Por eso son desubicadas las declaraciones de Sapag y de Parrilli, fuera de
contexto y solo buscando justificaciones de la represión policial. Más
desubicada es la frase “golpe
institucional” usada por el Gobernador de Neuquén cuando su partido, el
Movimiento Popular Neuquino, siguió al frente del gobierno provincial durante
la última dictadura militar, y usa la represión como garante del “orden” en su
provincia (sino recordemos el asesinato del maestro Fuentealba). Por eso, va
más allá de si fueron balas de goma o de plomo.
Más
allá de que coincidamos o no con el acuerdo YPF-Chevron, lo que genera más
repudió es el silencio de CFK y de otros dirigentes o “intelectuales”
Kirchneristas en ese momento. Los únicos que pusieron el pecho (y hasta ahí)
repudiando la represión fueron los muchachos de La Cámpora. Igual vale el
esfuerzo. Así y todo, me pregunto qué le cuesta al Kirchnerismo salir a
reconocer que la represión está mal, que no es una herramienta de la
democracia, que va en sentido contrario a lo que nos indica la doctrina de los
Derechos Humanos. El silencio sistemático ante cada acto de represión (ayer los
QUOM, hoy los que se manifestaron en Neuquén) de los “intelectuales” y
dirigentes K los aleja cada vez más de ese discurso filo izquierda que muchas
veces escuchamos.
Si hay una deuda, entre tantas, en 30
años de democracia es la no criminalización de la protesta social, en respetar que haya movilizaciones sin necesidad
de responder con violencia. Si hay algo que nos tiene que enseñar la historia
contemporánea es que la protesta social está lejos de ser un perjuicio para la
democracia, sino que forma parte de ella y muchas veces es una herramienta
válida. Hay que aceptar a la protesta social como regla del juego democrático.
En sentido contrario a esa lectura, en la década ganada nos respondieron con
una Ley Antiterrorista que es símbolo de la represión, una de las grandes
manchas que tenemos en democracia y que urgentemente tenemos que corregir.
Igual, el silencio y las justificaciones
del Kirchnerismo de la represión policial dice mucho de cómo se impone en
Argentina el “modelo” ante la falta de fundamentos y contradicciones que se les
genera a la hora del debate político.

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